AMIGOS
QUE POR SIEMPRE NOS DEJARON...
Amigos
que por siempre
nos dejaron,
caros amigos para siempre idos,
fuera del Tiempo
y fuera del Espacio!
Para el alma nutrida de pesares,
para el transido corazón, acaso".
ANNABEL
LEE
Hace de
esto ya muchos, muchos años,
cuando en un reino junto al mar viví,
vivía allí una virgen que os evoco
por el nombre de Annabel Lee;
y era su único sueño verse siempre
por mí adorada y adorarme a mí.
Niños éramos
ambos, en el reino
junto al mar; nos quisimos allí
con amor que era amor de los amores,
yo con mi Annabel Lee;
con amor que los ángeles del cielo
envidiaban a ella cuanto a mí.
Y por eso,
hace mucho, en aquel reino,
en el reino ante el mar, ¡triste de mí!,
desde una nube sopló un viento, helando
para siempre a mi hermosa Annabel Lee
Y parientes ilustres la llevaron
lejos, lejos de mí;
en el reino ante el mar se la llevaron
hasta una tumba a sepultarla allí.
¡Oh sí!
-no tan felices los arcángeles-,
llegaron a envidiarnos, a ella, a mí.
Y no más que por eso -todos, todos
en el reino, ante el mar, sábenlo así-,
sopló viento nocturno, de una nube,
robándome por siempre a Annabel Lee.
Mas, vence
nuestro amor; vence al de muchos,
más grandes que ella fue, que nunca fui;
y ni próceres ángeles del cielo
ni demonios que el mar prospere en sí,
separarán jamás mi alma del alma
de la radiante Annabel Lee.
Pues
la luna ascendente, dulcemente,
tráeme sueños de Annabel Lee;
como estrellas tranquilas las pupilas
me sonríen de Annabel Lee;
y reposo, en la noche embellecida,
con mi siempre querida, con mi vida;
con mi esposa radiante Annabel Lee
en la tumba, ante el mar, Annabel Lee.
BALADA
NUPCIAL
En mi dedo
el anillo,
la guirnalda nupcial mi sien decora;
de sedas y diamantes busco el brillo,
y soy feliz ahora.
Y mi señor
me brinda amor seguro;
pero al decirme ayer cuánto me adora,
tembló mi corazón, como al conjuro,
de "quien cayó en la guerra", al pie del muro,
y que es feliz ahora.
Pero él
tranquilizóme, y en mi frente
besó la palidez que le enamora.
Y he aquí que en un ensueño, vi presente,
al muerto D'Elormy: -suyo, en mi frente,
fue el beso; y suspiré ( ¡cuán dulcemente! ):
"-¡Ah, soy feliz ahora!"
Y si pude
otorgar palabra nueva,
así el voto juré, y aunque traidora,
y aunque un luto de amor el alma lleva,
ved brillar ese anillo que "me prueba"
que soy feliz ahora.
¡Ah! ilumíneme
Dios aquel pasado,
pues si sueña o no sueña el alma ignora,
y el corazón se oprime, y conturbado
pregúntase, oh Señor, si el "Olvidado"
será feliz ahora!
BERENICE
Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,
curas meas aliquantulum fore levatas.
EBN ZAIAT
La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en
la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como el arco
iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la
vez tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada
por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de
la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y
la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal
es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la
tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de
hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que
pudieron haber sido.
Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin
embargo, no hay en este país torres más venerables que las
de mi sombría y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido
llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes
detalles, en el carácter de la mansión familiar, en los
frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas,
en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero
sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo
de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza muy
peculiar de los libros, hay elementos suficientes para
justificar esta creencia.
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta
mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a
hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil
decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una
existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos este punto.
Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo,
hay un recuerdo de formas etéreas, de ojos espirituales y
expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que
no puedo marginar; una memoria como una sombra, vaga,
variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también
por la imposibilidad de librarme de ella mientras brille la
luz de mi razón.
En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la
larga noche de lo que parecía, sin serlo, la no-existencia,
a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los
extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos,
no es extraño que mirase a mi alrededor con ojos asombrados
y ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y
disipara mi juventud en ensueños; pero sí es extraño que
pasaran los años y el apogeo de la madurez me encontrara
viviendo aun en la mansión de mis antepasados; es asombrosa
la parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida,
asombrosa la inversión completa en el carácter de mis
pensamientos más comunes. Las realidades del mundo
terrestre me afectaron como visiones, sólo como visiones,
mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por
el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia
cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia.
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión
de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo,
enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa,
llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos,
los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí
mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa
meditación; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin
pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo
de las horas de alas negras. ¡Berenice! -Invoco su nombre-,
¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos
recuerdos de las grises ruinas. ¡Ah, acude vívida su
imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y de
dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sílfide
entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus
fuentes! Y entonces..., entonces todo es misterio y terror,
y una historia que no se debe contar. La enfermedad -una
enfermedad mortal- cayó sobre ella como el simún, y,
mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó,
penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter,
y de la forma más sutil y terrible llegó a alterar incluso
su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venía, y la
víctima..., ¿dónde estaba? Yo no la conocía, o, al
menos, ya no la reconocía como Berenice.
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por
aquella primera y fatal, que desencadenó una revolución
tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, hay que
mencionar como la más angustiosa y obstinada una clase de
epilepsia que con frecuencia terminaba en catalepsia, estado
muy parecido a la extinción de la vida, del cual, en la
mayoría de los casos, se despertaba de forma brusca y
repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad -pues me han
dicho que no debería darle otro nombre-, mi propia
enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez, asumiendo un
carácter monomaníaco de una especie nueva y
extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que
pasaba y, por fin, tuvo sobre mí un incomprensible
ascendiente. Esta monomanía, si así tengo que llamarla,
consistía en una morbosa irritabilidad de esas propiedades
de la mente que la ciencia psicológica designa con la
palabra atención. Es más que probable que no me explique;
pero temo, en realidad, que no haya forma posible de
trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de
esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las
facultades de meditación (por no hablar en términos técnicos)
actuaban y se concentraban en la contemplación de los
objetos más comunes del universo.
Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija
en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o en su
tipografía; estar absorto durante buena parte de un día de
verano en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre
el tapiz o sobre la puerta; perderme toda una noche
observando la tranquila llama de una lámpara o los
rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de
una flor; repetir monótonamente una palabra común hasta
que el sonido, gracias a la continua repetición, dejaba de
suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del
movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta
y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas
eran algunas de las extravagancias más comunes y menos
perniciosas provocadas por un estado de las facultades
mentales, en realidad no único, pero capaz de desafiar
cualquier tipo de análisis o explicación.
Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa
atención, excitada así por objetos triviales en sí, no
tiene que confundirse con la tendencia a la meditación, común
en todos los hombres, y a la que se entregan de forma
particular las personas de una imaginación inquieta.
Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situación
grave ni la exageración de esa tendencia, sino primaria y
esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o
el fanático, interesado por un objeto normalmente no
trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de
deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que, al
final de una ensoñación llena muchas veces de
voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus
meditaciones desaparece completamente y queda olvidado. En
mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial,
aunque adquiría, mediante mi visión perturbada, una
importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si había
alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente al
objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca
eran agradables, y al final de la ensoñación, la primera
causa, lejos de perderse de vista, había alcanzado ese
interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el
rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las
facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como
ya he dicho, las de la atención; mientras que en el caso
del soñador son las de la especulación.
Mis libros, en esa época, si no servían realmente para
aumentar el trastorno, compartían en gran medida, como se
verá, por su carácter imaginativo e inconexo, las características
peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros,
el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio, De
amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de
Dios]; la gran obra de San Agustín, De civitate Dei [La
ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De carne Christi [La
carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus est
Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus
resurrexit: certum est quia impossibile est, ocupó durante
muchas semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi
tiempo.
Así se verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por
cosas triviales, mi razón se parecía a ese peñasco marino
del que nos habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme
los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de
las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto
de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador
desapercibido pudiera parecer fuera de toda duda que la
alteración producida en la condición moral de Berenice por
su desgraciada enfermedad me habría proporcionado muchos
temas para el ejercicio de esa meditación intensa y
anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar,
sin embargo no era éste el caso. En los intervalos lúcidos
de mi mal, la calamidad de Berenice me daba lástima, y,
profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y
dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia,
amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había
llegado a producirse una revolución tan repentina y extraña.
Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi
enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en
circunstancias semejantes, al común de los mortales. Fiel a
su propio carácter, mi trastorno se recreaba en los cambios
de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la
constitución física de Berenice, en la extraña y
espantosa deformación de su identidad personal.
En los días más brillantes de su belleza incomparable no
la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis
sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones
siempre venían de la mente. En los brumosos amaneceres, en
las sombras entrelazadas del bosque al mediodía y en el
silencio de mi biblioteca por la noche ella había flotado
ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice
viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no
como una moradora de la tierra, sino como su abstracción;
no como algo para admirar, sino para analizar; no como un
objeto de amor, sino como tema de la más abstrusa aunque
inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba en su
presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo,
lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé
que me había amado mucho tiempo, y que, en un momento
aciago, le hablé de matrimonio.
Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro
matrimonio, una tarde de invierno, en uno de esos días
intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos, que
constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo
sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior
de la biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante
mí.
¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera
brumosa, la incierta luz crepuscular del aposento, los
vestidos grises que envolvían su figura los que le dieron
un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo.
Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera
podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó
mi cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible
ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma, y,
reclinándome en la silla, me quedé un rato sin aliento,
inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su
delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser
anterior se mostraba en una sola línea del contorno. Mi
ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro.
La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; lo
que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía
parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas
con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que
contrastaban discordantes, por su matiz fantástico, con la
melancolía de su rostro. Sus ojos no tenían brillo y parecían
sin pupilas; y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa
para contemplar sus labios, finos y contraídos. Se
entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los
dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a
mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que,
después de verlos, hubiera muerto!
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al
levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del
aposento. Pero de los desordenados aposentos de mi cerebro,
¡ay!, no había salido ni se podía apartar el blanco y
horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su
superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus
bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se
grabara en mi memoria. Ahora los veía con más claridad que
un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí,
y allí, y en todas partes, visibles y palpables ante mí,
largos, finos y excesivamente blancos, con los pálidos
labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo
instante en que habían empezado a crecer. Entonces llegó
toda la furia de mi monomanía, y yo luché en vano contra
su extraña e irresistible influencia. Entre los muchos
objetos del mundo externo sólo pensaba en los dientes. Los
anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás
preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a
esa contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que
estaban presentes a mi mirada mental, y en su insustituible
individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida
intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los vi
desde todas las perspectivas. Analicé sus características.
Estudié sus peculiaridades. Me fijé en su conformación.
Pensé en los cambios de su naturaleza. Me estremecí al
atribuirles, en la imaginación, un poder sensible y
consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad
de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con
razón que tous ses pas étaient des sentiments, y de
Berenice yo creía seriamente que toutes ses dents étaient
des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo pensamiento me
destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso los codiciaba tan
desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría
devolver la paz, devolviéndome la razón.
Y la tarde cayó sobre mí; y vino la oscuridad, duró y se
fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda
noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil,
sentado, en aquella habitación solitaria; y seguí sumido
en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su
terrible dominio, como si, con una claridad viva y horrible,
flotara entre las cambiantes luces y sombras de la habitación.
Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y
consternación; y después, tras una pausa, el ruido de
voces preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y
de pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo las puertas
de la biblioteca, vi en la antesala a una criada, deshecha
en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había
sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y
ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para
recibir a su ocupante, y terminados los preparativos del
entierro.
Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo solo.
Parecía que había despertado de un sueño confuso y
excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta
del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea
exacta, o por los menos definida, de ese melancólico período
intermedio. Sin embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba
lleno de horror, horror más horrible por ser vago, terror más
terrible por ser ambiguo. Era una página espantosa en la
historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros,
horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero
fue en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido
lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar
en mis oídos. Yo había hecho algo. Pero, ¿qué era? Me
hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la
habitación me contestaron: ¿Qué era?
En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella
había una pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y
yo la había visto antes, pues pertenecía al médico de la
familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por
qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena
tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron
sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase
subrayada. Eran las extrañas pero sencillas palabras del
poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum
amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore
levatas". ¿Por qué, al leerlas, se me pusieron los
pelos de punta y se me heló la sangre en las venas?
Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido
como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas.
Había en sus ojos un espantoso terror y me habló con una
voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases
entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había
turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida
para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un
tono espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de
una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y
desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún
vivía!
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre.
No contesté nada; me tomó suavemente la mano: tenía
huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto
que había en la pared; lo miré durante unos minutos: era
una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la
caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escapó
de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en pedazos;
y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de
cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos
objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el
suelo.
¿DESEAS
QUE TE AMEN?
¿Deseas
que te amen? No pierdas, pues,
el rumbo de tu corazón.
Sólo aquello que eres has de ser
y aquello que no eres, no.
Así, en el mundo, tu modo sutil,
tu gracia, tu bellísimo ser,
serán objeto de elogio sin fin
y el amor... un sencillo deber.
EL
CUERVO
I
En una noche pavorosa, inquieto
releía un vetusto mamotreto
cuando creí escuchar
un extraño ruido, de repente
como si alguien tocase suavemente
a mi puerta: «Visita impertinente
es, dije y nada más » .
II
¡Ah! me acuerdo muy bien; era en invierno
e impaciente medía el tiempo eterno
cansado de buscar
en los libros la calma bienhechora
al dolor de mi muerta Leonora
que habita con los ángeles ahora
¡para siempre jamás!
III
Sentí el sedeño y crujidor y elástico
rozar de las cortinas, un fantástico
terror, como jamás
sentido había y quise aquel ruido
explicando, mi espíritu oprimido
calmar por fin: «Un viajero perdido
es, dije y nada más ».
IV
Ya sintiendo más calma: «Caballero
exclamé, o dama, suplicaros quiero
os sirváis excusar
mas mi atención no estaba bien despierta
y fue vuestra llamada tan incierta...»
Abrí entonces de par en par la puerta:
tinieblas nada más.
V
Miro al espacio, exploro la tiniebla
y siento entonces que mi mente puebla
turba de ideas cual
ningún otro mortal las tuvo antes
y escucho con oídos anhelantes
«Leonora » unas voces susurrantes
murmurar nada más.
VI
Vuelvo a mi estancia con pavor secreto
y a escuchar torno pálido e inquieto
más fuerte golpear;
«algo, me digo, toca en mi ventana,
comprender quiero la señal arcana
y calmar esta angustia sobrehumana »:
¡el viento y nada más!
VII
Y la ventana abrí: revolcando
vi entonces un cuervo venerando
como ave de otra edad;
sin mayor ceremonia entró en mis salas
con gesto señorial y negras alas
y sobre un busto, en el dintel, de Palas
posóse y nada más.
VIII
Miro al pájaro negro, sonriente
ante su grave y serio continente
y le comienzo a hablar,
no sin un dejo de intención irónica:
«Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica,
¿cuál es tu nombre en la región plutónica? »
Dijo el cuervo: «Jamás ».
IX
En este caso al par grotesco y raro
maravilléme al escuchar tan claro
tal nombre pronunciar
y debo confesar que sentí susto
pues ante nadie, creo, tuvo el gusto
de un cuervo ver, posado sobre un busto
con tal nombre: «Jamás ».
X
Cual si hubiese vertido en ese acento
el alma, calló el ave y ni un momento
las plumas movió ya,
«otros de mí han huido y se me alcanza
que él partirá mañana sin tardanza
como me ha abandonado la esperanza »;
dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XI
Una respuesta al escuchar tan neta
me dije, no sin inquietud secreta,
«Es esto nada más.
Cuanto aprendió de un amo infortunado,
a quien tenaz ha perseguido el hado
y por solo estribillo ha conservado
¡ese jamás, jamás! »
XII
Rodé mi asiento hasta quedar enfrente
de la puerta, del busto y del vidente
cuervo y entonces ya
reclinado en la blanda sedería
en ensueños fantásticos me hundía,
pensando siempre que decir querría
aquel jamás, jamás.
XIII
Largo tiempo quedéme así en reposo
aquel extraño pájaro ominoso
mirando sin cesar,
ocupaba el diván de terciopelo
do juntos nos sentamos y en mi duelo
pensaba que Ella, nunca en este suelo
lo ocuparía más.
XIV
Entonces parecióme el aire denso
con el aroma de quemado incienso
de un invisible altar;
y escucho voces repetir fervientes:
«Olvida a Leonor, bebe el nepenthes
bebe el olvido en sus letales fuentes »;
dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XV
«Profeta, dije, augur de otras edades
que arrojaron las negras tempestades
aquí para mi mal,
huésped de esta morada de tristura,
dí, fosco engendro de la noche oscura,
si un bálsamo habrá al fin a mi amargura »:
dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XVI
«Profeta, dije, o diablo, infausto cuervo
por Dios, por mí, por mi dolor acerbo,
por tu poder fatal
dime si alguna vez a Leonora
volveré a ver en la eternal aurora
donde feliz con los querubes mora »;
dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XVII
«Sea tal palabra la postrera
retorna a la plutónica rivera,»
grité: «¡No vuelvas más,
no dejes ni una huella, ni una pluma
y mi espíritu envuelto en densa bruma
libra por fin el peso que le abruma! »
dijo el cuervo: «¡Jamás! »
XVIII
Y el cuervo inmóvil, fúnebre y adusto
sigue siempre de Palas sobre el busto
y bajo mi fanal,
proyecta mancha lúgubre en la alfombra
y su mirada de demonio asombra...
¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra
se librará? ¡Jamás!